Mujer. Identidad y Memoria

Las mujeres a lo largo de la Historia del arte han trabajado con soportes y materiales muy diversos, como el propio cabello, símbolo identitario y representativo de cada individuo frente a la abstracción y cosificación a la que tiende la sociedad actual. El pelo humano tiene un gran significado cultural debido a su relación intrínseca con lo que podría calificarse de femenino. Es este un material que, aunque para algunos es inapropiado y descartable, para otros es esencial a la hora de concebir su obra, ya que permite trabajar con técnicas tradicionales que recuerdan a las usadas por las mujeres en el ámbito doméstico (se puede trenzar, enrollar, tejer, etc.). El trabajo de la artista multidisciplinar Mona Hatoum (Beirut, 1952), con obras como Keffieh (1993-1999) o Untitled (Grey Hair with Knots) [Sin título. Cuadrícula de pelo gris con nudos] (2001), es prueba de ello, como también lo es el de las valencianas Art al Quadrat, con Dualidad (2003); las españolas Carmen Cifrián y Esther Señor –Colectivo Señor Cifrian– y su serie Ajuar (2008-2010); la norteamericana Loren Schwerd, con sus series Loveseat (2004-2005) y Mourning Portrait (2007-2009), o el artista mallorquín Gabriel Pericàs (Palma, 1988), con su pieza Cabello y vello púbico unidos mediante un nudo Hunter (2009)

El pelo, al ser un elemento corporal, aporta un sentido individual además de contener una gran carga social. Puede tener un componente artístico de denuncia y de género en el que se presenta el cuerpo como una parte permanente –intrínseca e indivisible– de la obra tanto directa como indirectamente. Es, también, un material que puede ser parte de un proceso, de un todo, como también el resultado en sí mismo, en el que cualquier espectador, independientemente de su género y clase social, puede llegar a conectar dada su familiaridad. Y, sobre todo, es un elemento muy significativo para la mujer, de la que ha partido Art al Quadrat para dejar patente su seña identitaria.

El cabello es un producto principalmente orgánico, que se ha recogido, recuperado o guardado como si de un tesoro se tratase, a modo de reliquia, por muchas mujeres, y que ha pasado de generación en generación, lo que denota su importancia como signo femenino, relacionado con la juventud, el envejecimiento, la enfermedad, la pasión, la vergüenza… Por tanto, funcionaría a modo de recuerdo del cuerpo femenino, y distintivo del largo proceso de la vida. En este sentido, el trabajo conjunto del colectivo de las gemelas Mónica y Gema Del Rey Jordà (Valencia, 1982) propone una visión y un análisis sobre el papel y la figura femenina durante la postguerra bajo un mismo hilo conductor y nexo de unión: el cabello femenino.

La situación de la mujer que presenta Art al Quadrat en su propuesta Mujeres rapadas anónimas (2017-2018), denuncia el abuso y las vejaciones que sufrieron muchas mujeres españolas durante la postguerra, ya que desgraciadamente muchas de ellas fueron represaliadas por el franquismo. A través de tres piezas: Yo soy. Reparación, Yo soy. Anónimas y Mechón colectivo, hacen frente al castigo implantado por causas ideológicas, políticas, actitudes liberales… Una de las prácticas a la hora de imponer la sanción era raparles la cabeza, una acción que además de provocar humillación y consternación, les arrebataba su seña de identidad como mujer. Era, por tanto, un signo de deshonra pública ya que, en algunos casos, las obligaban a exhibirse por la calle mientras las apedreaban o insultaban, con el fin de sofocar y evitar posibles revueltas. Ni qué decir tiene que este trabajo de Art al Quadrat ha llevado consigo un proceso de investigación y documentación muy riguroso por parte de las artistas, a modo de homenaje en el que se ha querido, sobre todo, recuperar la memoria histórica, ya que este tipo de sucesos no deben caer en el olvido para no repetirse en el futuro. Es este un proyecto que no solo pretende informar y despertar la conciencia social, sino también brindarle al espectador la oportunidad de aprender de ese pasado para poder afrontar la lucha diaria de muchas mujeres que actualmente son víctimas de la violencia de género. Las artistas ofrecen un mensaje que se mantiene latente gracias a las cabelleras aquí presentes, y que simboliza a la mujer que afronta las ofensas y el castigo con la mayor dignidad posible, lo cual nos recuerda y nos enseña que hoy no se debe tolerar ningún acto denigrante ni violento que afecte a persona alguna.

Esta propuesta de Art al Quadrat pone de relieve la humillación que supone para la mujer la sustracción y perdida del cabello como símbolo identitario, y cómo gracias al proceso de asimilación y aprendizaje esas mujeres se han convertido hoy en las heroínas de la lucha del presente, en esperanza.

Sin duda, un proyecto que brinda y propicia una reflexión sobre la intimidad femenina y sobre el papel que le ha tocado jugar a la mujer dentro de la historia, en la que se revelan tanto los roles a los que se le ha sometido y marginado, como los agravios sufridos por la preponderancia masculina imperante durante siglos en la sociedad. La presente instalación busca hacer justicia social, pero, sobre todo, reconocer la labor y la lucha de todas las mujeres ante las adversidades de la vida.

 

Este proyecto se basa conceptualmente en los escritos de la historiadora del arte y experta en iconografía de la figura femenina, Erika Bornay, concretamente en Las hijas de Lilith (1990) y La cabellera femenina, un diálogo entre poesía y pintura (1994), estudios que construyen la identidad femenina a través de la representación de la mujer en el mundo del arte.

La investigación tiene como nexo la cabellera femenina, que se presenta como mito y como símbolo fetichista dentro de muchas culturas. Elemento de atracción sexual con una gran capacidad erótica, y fuerza vital primigenia, como apuntaba Bornay en sus escritos, del mismo modo que señala cómo en el campo del psicoanálisis, especialistas como Charles Berg, han puesto de relieve que su poder fetichista ha sido para muchos seres humanos un factor determinante en su proceso de selección sexual, afirmando que la atracción por el cabello está relacionada con el subconsciente. Esto explicaría por qué su exhibición en algunas culturas se llega a condenar y restringir su mostración, ya sea por causas morales y/o religiosas. Del mismo modo, se subraya cómo la cabellera se considera la “corona real de la feminidad”, tal y como la calificó el astrólogo y alquimista suizo Paracelso (1493-1541), y lo que implica verse obligada a ocultarla, casi como si fuese un pecado, tras un espacio doméstico, y cómo despojarla de ella es anular y someter directamente a la mujer.

No se debe olvidar que el cabello es delicado, seductor y está repleto de connotaciones sociales, y precisamente por este motivo forma parte de diversos rituales en la vida de la mujer, desde ritos iniciáticos vinculados a la pubertad, a la edad adulta…, como por ejemplo dejar crecer sus cabellos hasta el día de su matrimonio para, posteriormente, cortar simbólicamente su virginidad. Asimismo, antiguamente muchas mujeres españolas, tras recibir la primera comunión, cortaban a sus hijas el pelo y lo guardaban trenzado, representando de nuevo la madurez y el paso de niña a mujer. También, las mujeres que decidían consagrar su vida al Señor e ingresaban como novicias en una orden religiosa debían desprenderse de todo lo material y ocultar cualquier atributo relacionado con la pasión y lujuria antes de iniciar sus votos, y ello significaba también entregar su virginidad y aceptar su castidad, despojándose de su cabello.  Dicho esto, no es de extrañar que artistas plásticos (Tiziano, los Prerafaelitas, los Modernistas…), poetas (Ovidio, Quevedo, Neruda…), así como algunos personajes mitológicos clásicos y religiosos como Medusa, Berenice, Lady Godiva, Maria Magdalena, Santa Inés…, destaquen iconográficamente por la relevancia que se le otorga a la cabellera.

            Asociado con el sacrificio, la lucha o la humillación, rasurar el pelo femenino era también un castigo asociado a la vergüenza y al pecado, y para muchos era su deber rapar a las mujeres. Un ejemplo de ello se pudo ver en la gran pantalla con la película del director Sam Wood (1883-1949) de 1943 Por quién doblan las campanas, basada en la obra homónima del escritor y periodista estadounidense Ernest Hemingway (1899-1961) sobre la Guerra Civil Española (1936-1939), en el que el personaje de María le relata a Roberto todo lo que le hicieron cuando la capturaron y la llevaron a la plaza mayor de Valladolid, donde además de humillarla y atarla, la llevaron a la barbería, donde empezaron a cortarle el pelo, la amordazaron con su propia trenza y le iban metiendo los mechones de pelo en su propia boca mientras le rapaban la cabeza para acto seguido violarla… Años después el director francés Alain Resnais (1922-2014) en Hiroshima mon amour (1959), plasma cómo la protagonista acepta raparse el pelo para purgar su romance con el soldado alemán de la Segunda Guerra Mundial. Otro ejemplo podría verse en la última adaptación cinematográfica de la obra del dramaturgo francés Victor Hugo (1802-1885), Los Miserables (1862), en la que el personaje femenino Fantine, desesperada por recoger dinero para mandárselo a su hija se ve obligada a vender su preciosa melena, un hecho que desencadena su trágica muerte. También habría que decir, que el cine se ha hecho eco de mujeres fuertes, valientes, decididas y luchadoras que han sido representadas con la cabeza rapada, ya sea la protagonista de Alien 3 (1992), o en la película de 1997, La teniente O’Neil, entre otras, en las que las mujeres rasuradas humilladas del pasado pasan a ser las heroínas del presente. Así pues, la asimilación, aceptación de todas las mujeres que han sido rapadas han abierto el camino a la liberación, rompiendo con un legado patriarcal atado a la sumisión y a la vejación del cuerpo femenino.

Así pues, Mujer. Identidad y Memoria (2018) trata justamente de lo que ocurre cuando el cabello femenino no es largo y bello, y cómo la pérdida de éste crea y adquiere un nuevo significado de conciencia social como la vergüenza, la humillación, la deshonra, el desprecio… y cómo con el paso del tiempo, de forma prudencial, se ha llegado a aceptar y adaptar hasta transformarse en un símbolo de lucha y de esperanza para muchas mujeres del siglo XXI.

 

 

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