Lágrimas invisibles

La serie de dibujos Lágrimas en los ojos de los peces (2006-2016) de Rossana Zaera (Castellón, 1959) está íntimamente ligada a la cultura japonesa. El exotismo y la sensualidad implícita y su particular forma de concebir la existencia humana, así como la importancia que tienen los sentidos y las emociones en su obra, junto a su capacidad para ver y descubrir la belleza en todo aquello que nos rodea, recuerda inevitablemente al mundo oriental.

A lo largo de estos dibujos, el espectador es testigo de la narración de una fábula, que surge a raíz de uno de los haikus que escribió el poeta japonés Matsuo Bashō (1644-1694) en sus viajes:

Se va la primavera,

quejas de pájaros, lágrimas

en los ojos de los peces.

(Matsuo Bashō)[1]

Zaera parte de esa primavera que nos deja para hablar de la desazón, la tristeza y el dolor. Peces que lloran lágrimas invisibles y aves que se quejan. La artista habla de la frustración y el padecimiento que ello conlleva, y por este motivo, se sirve de los peces, de su libertad engañosa y su dolor. Mujer/seno y pez son lo mismo, forman un uno indivisible. El pez es una metáfora de la mujer. Ambos son perseguidos, capturados y condenados a sufrir como cualquier ser vivo. Atraídos se acercan al pezón como si de un arrecife de coral se tratase, aunque, sin previo aviso son atrapados y cazados, tanto por arpones como por anzuelos, lo cual deviene en que la vida es efímera y el sufrimiento nos alcanza a todos de improviso, no discrimina y no se anuncia.

MG_1244-®RZaera
©Rossana Zaera

Pesadumbres, adversidades y dolores producen un alfabeto de heridas propio que acompaña a las imágenes, emulando la caligrafía oriental sobre papel de algodón o seda pintados con tinta china, guache y pastel. Es esta una obra que, de alguna forma, alude y recuerda a una de las fábulas más famosas del folclore japonés, el Kitsune (zorro en japonés). En ella se narra la historia de un zorro que, como el espíritu del bosque puede adoptar la forma humana, especialmente la de una mujer joven. Esta leyenda tiene su origen en la búsqueda de la armonía y el equilibrio en la convivencia de los seres vivos, de ahí que Zaera eligiera también una forma animal, en este caso los peces, para simbolizar el dolor humano, tanto corpóreo como incorpóreo, que no siempre se sabe o no se puede exteriorizar, y que utilizase asimismo el recurso de la metamorfosis —el pez finalmente se transforma en mujer—.

La artista deja libre el camino a la imaginación con las siluetas o sombras de cicatrices humanas que se transmutan en raspas de pescado —marcas de la vida y la muerte, del ciclo de la vida, de la fugacidad del tiempo y del malestar—. Del mismo modo, se sirve de manchas de tinta en forma de columnas verticales que actúan de arrecifes para los vertebrados acuáticos; así como de senos y pezones a modo de volcanes que se tornan cabezas de pescado y, por último, arpones, sangre, dolor y una enorme cicatriz que afectan tanto a la mujer como al animal. Sin embargo, Zaera libera a la mujer y al pez tras la aceptación y el convencionalismo del sufrimiento y los sumerge en un mar abierto e infinito. La vida muestra el dolor, pero es el individuo el que tiene que aprender a resignarse, a gestionarlo y a convivir con él; somos nosotros los responsables de buscar el equilibrio y sanar nuestras propias heridas.

[1] BASHŌ, Matsuo. De camino a Oku y otros diarios de viaje. Versión de Jesús Aguado. Barcelona: DVD Ediciones, 2011, p. 92. [Las aves chillan/ Partir en primavera/Los peces lloran.]

 

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s