La Antesala: Alejandro Mañas

‘La Antesala’ de Alejandro Mañas en la Sala San Miguel de la Fundació Caixa Castelló, (16 de febrero-28 de abril, 2017).

La Antesala

…ven y penetra en las tinieblas realmente misteriosas del no-saber, y allí cierra los ojos a todas las percepciones cognitivas y se abisma en lo totalmente incomprensible e invisible, abandonado por completo en el que está, más allá de todo y es de nadie, ni de ti mismo ni de otro…[1]

 

La antesala de Alejandro Mañas simboliza el momento anterior a la gran liturgia. Para ello crea una puesta en escena de ese instante, recreando una zona en el que el espectador se sumerge de lleno: la sacristía.

Mañas construye una escenografía perfecta que invita a la retrospección individual. Toda la instalación es como una gran metáfora de la contemplación que el artista compone a raíz de un grabado anónimo del siglo XVII dedicado a la Praxis Virtutum, que forma parte de la colección privada del artista. En él se representan tres escaleras que simbolizan cada uno de los pasos y vías para alcanzar la perfección, una práctica que paso a paso nos eleva y nos acerca al ámbito celestial. Es por este motivo que la muestra consta de tres piezas, más el grabado que incita y contextualiza la obra de la que parte: La escalera, que de manera muy conceptual simbolizaría el esfuerzo por escalar peldaños y llegar a ser parte de ese halo de luz divina; La nada representaría ese mundo oscuro, previo, sobre el que cada uno de nosotros debemos trabajar —se trata de revelar y encontrar la luz interior y, a la par, construir conocimiento de nuestras propias vivencias—, y, por último, Mano en pecho, una pieza audiovisual que se proyecta al fondo de la galería y en la que se describe uno de los “Ejercicios espirituales” más conocidos y representados de Ignacio de Loyola.

[27] La primera adición es que, cada vez que el hombre cae en aquel pecado o defecto particular, ponga la mano en el pecho, doliéndose de haber caído; lo que se puede hacer aun delante muchos, sin que sientan lo que hace.[2]

El artista compone una escena mística creando una atmósfera perfecta gracias a la música y al humo que acompaña al visitante durante todo el recorrido. Recrea un mundo interior basándose en las premisas del erudito Pedro Sainz Rodríguez (1897 – 1986): “…es la agudización del entendimiento del místico, que llega a adquirir una perspicacia y compresión extraordinarias, hasta el punto de percibir cosas de súbito interés en donde la mayoría de los hombres no ven nada.”[3] Y es precisamente eso lo que construye, una instalación que agudiza y ayuda a reflexionar y obtener conocimiento de cualquier experiencia. De ahí que utilice materiales sencillos y sus obras se engloben dentro de la estética minimalista: madera sin tratar y tubos de neón, al más puro estilo del arte conceptual.

Es natural que al comienzo no sientas más que una especie de oscuridad sobre tu mente o, si se quiere, una nube del no-saber. Te parecerá que no conoces ni sientes nada a excepción de un puro impulso hacia Dios en las profundidades de tu ser. Hagas lo que hagas, esta oscuridad y esta nube se interpondrán entre ti y tu Dios. Te sentirás frustrado, ya que tu mente será incapaz de captarlo y tu corazón no disfrutará las delicias de su amor.

Pero aprende a permanecer en esa oscuridad. Vuelve a ella tantas veces como puedas, dejando que tu espíritu grite en aquel a quien amas. Pue si en esta vida esperas sentir y ver a tu Dios tal como es, ha de ser dentro de esa oscuridad y de esta nube.[4]

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Tras la oscuridad siempre se encuentra la luz, habita la luz. Robert Fludd (1574-1637), filósofo e investigador de lo oculto, fue un verdadero alquimista y místico que creía que el acto divino de la creación se producía del caos más profundo y tenebroso, un caos que surgía de los que comúnmente denominaría ‘materia prima’. De dicha materia se obtienen los tres elementos que Mañas, al igual que los místicos, utiliza en su discurso artístico: lo espiritual, la luz y la oscuridad.

A principios del siglo XVII, el grabador suizo Matthäus Merian (1593-1650) realizó su grabado ‘Et sic in infinitum’, en el que plasmó una estampa cuadrada y negra, donde se puede observar un profuso trazado de líneas, típicas del aguafuerte, hasta obtener una imagen totalmente monocroma en la que inscribe la frase en latín que da título a la obra y que quiere decir “Y así hasta el infinito”. Sin duda alguna, se trataba de la nada, es decir, la oscuridad, o si se prefiere, las tinieblas, el momento primordial del universo antes de la creación. El escritor Alexander Roob (Alemania, 1956), autor de “Alquimia y mística”, comentó respecto a los grabados de Merian que: “el acto divino de la creación se representa plásticamente como un proceso alquímico en el que Dios, como espagírico o depurador de metales, obtiene del caos tenebroso, de la Prima Materia, los tres elementos primarios, divinos, que son la luz, la oscuridad y las aguas espirituales.[5] De modo que el cuadrado negro sería un referente tanto conceptual como plástico que Mañas incorpora a su obra. Se parte de ese vacío “negro” para abrir el camino hacia la luz e iluminar todo lo que engloba y esconde.

Únicamente a través de la experiencia se llega al conocimiento y se penetra en lo desconocido. El artista castellonense rescata por tanto el símbolo de la materia prima como decía Fludd, donde se representa la abertura, el camino que uno ha de excavar y construir, el viaje de la esperanza, y se inspira en el artista francés Pierre Soulages (Rodez, 1919), quien sería uno de sus referentes artísticos, pues, con un solo gesto es capaz de invitarnos a mirar y sucumbir frente al misterio que esconden unas obras llenas de reflejos negros que dejan constancia de su agudeza y potencia creativa, al igual que el artista ruso Kazimir Malévich (1878-1935), inspirador y creador del suprematismo, en el que primaban las formas geométricas monocromas —el círculo y el cuadrado— sobre todas las cosas, compuestas e ideadas para ocupar el espacio de culto reservado a los iconos.

En el comienzo de todo, Dios creó el cielo y la tierra.  La tierra no tenía entonces ninguna forma; todo era un mar profundo cubierto de oscuridad, y el espíritu de Dios se movía sobre el agua.[6]

En definitiva, Alejandro Mañas recoge la estela de sus predecesores y recupera ese mar profundo y esa oscuridad mediante el cuadrado negro (lo terrenal) que enfrenta a cualquier forma circular (lo celestial), que solo se llegará a alcanzar tras superar esas escaleras de neón fluorescentes que nos indican el camino a seguir en esa práctica espiritual —de virtud—, antesala de esa gran liturgia que es motivo de júbilo.

[1] Pseudo Dionisio Areopagita, Obras completas (3º), Ed. BAC, Madrid, 2014, p. 247.

[2] Ignacio de Loyola, Ejercicios espirituales, Ed. Sal Terrae, Santander, 2013, p. 22.

[3] Pedro Sainz Rodríguez, Introducción a la historia de la literatura mística en España, Ed. Espasa-Calpe, Madrid, 1984, p. 25.

[4] Anónimo inglés s. XIV, La nube del no-saber y el libro de la orientación particular, Ed. San Pablo, Madrid, 2006, p. 65.

[5] Alexander Roob, Alquimia y Mística: el museo hermético, Ed. Taschen, 1997

[6] Libro del Génesis, 1, 1.

‘La Antesala’ de Alejandro Mañas en la Sala San Miguel de la Fundació Caixa Castelló, (16 de febrero-28 de abril, 2017).

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