Beatriz Díaz Ceballos: El libro como sustrato

El libro como sustrato

«Los nativos dicen que los árboles son sus libros y el bosque su biblioteca.»

                                                                                  John K. Grande

La inmensidad y majestuosidad del árbol es, sin duda, una imagen mítica que se recoge en los escritos de las religiones más antiguas del mundo. El árbol de la vida es un símbolo universal, su culto y el respeto por él es común en diferentes culturas. Eje esencial de nuestro sistema de vida. Símbolo más analítico que absoluto. Los árboles son vitales pero también fundamentales para analizar los orígenes de la arquitectura y la escultura, pues, son parte integrante del fundamento de la universalidad. Si seguimos los dictados de Sócrates, éste se reunía en el bosque para hablar con los alumnos, por tanto, alrededor de la idea de cultura (el bosque, simbólicamente mítico) y de los encuentros que uno tiene con estos lugares de soledad y grandeza, surgen experiencias intrínsecas a distintos niveles. Existe una sensibilidad única del ser humano dentro de ese espacio con el que comparte un diálogo vital, como si estuvieran en una realidad paralela, cuando la verdadera realidad -la que nos circunda- es que pertenecemos a ese mundo y provenimos de las entrañas de la fraga. La relación que se establece a través de esta exposición es cultural. La naturaleza se enfrenta con la formación de ideas, con las estructuras creadas por los humanos y con los sistemas de transmisión de energía. El público responde inmediatamente al aspecto visual de la obra de la artista Beatriz Díaz Ceballos (Oviedo, 1971) gracias a la sencillez del lenguaje del que se sirve. Sea cual sea el bagaje cultural del visitante, no se puede escapar de la obviedad de lo que uno tiene delante, como una evidencia tangible como uno mismo. Su obra ocupa un espacio físico real en el tiempo real, y de ella emana como por arte de magia un bosque encantado, un lugar donde todos formamos parte de un todo superior, enérgico y misterioso.

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Esculturas de presencia enigmática que crean lazos con la actividad sociocultural mediante la naturaleza simulada, disfrazada, en la urbe asfáltica casi deshumanizada. Árboles -sin hojas- inertes, que nacen del sustrato que los cobija -los libros- y que cobran vida gracias a las palabras que los conforman. Naturaleza muerta revitalizada por la creatividad literaria y la poeticidad que los envuelve. La arbitrariedad en zigzag es natural y hace que los espectadores fluyan más cómodamente con la obra, como si de un bosque auténtico se tratase. Árboles de brazos extendidos, retorcidos hacia derecha e izquierda, donde priman las señas de identidad primigenia de los seres vivos, la perfecta imperfección que trasluce su energía. “La energía de la naturaleza es la energía del arte” comentaba la artista alemana Ursula von Rydingsvard. Un arte que refleja la pureza y la belleza de la propia naturaleza.

Todo empieza con una premisa creativa muy sencilla -a modo de semilla- y poco a poco las formas crecen orgánicamente libremente a partir del libro hasta formar un árbol. Es como si brotasen del mismo acto de plantar una semilla. El entorno natural es profundamente misterioso y espiritual. Cualquiera de ellos, ya sean montañas, llanuras o bosques son en sí mismas arte. Un arte que Díaz Ceballos se complace en reproducir en un área artística cargada de misticismo gracias a la pureza, al silencio y a la calma del blanco que predomina en el ambiente. Construye un espacio para reflexionar y encontrarse a sí mismo, donde los problemas diarios se minimizan ante la magnificencia energética de cada uno de sus obras.

Interesada por los materiales naturales como la madera o el papel, recrea la misma arboleda de donde surgen los mismos materiales que utiliza para dar vida a su bosque. “Mis árboles son historias, son mágicos” comenta la artista. Representan según ella, el ciclo de la vida. La vida es circular, es movimiento y solo en medio de la naturaleza, sumergido completamente en ella, uno es consciente de su inmensidad y su supremacía. Un poder capaz de minimizar cualquier inconveniente y complejo que se ve ensombrecido y empequeñecido ante su grandeza y esplendor. Un arbolado artificialmente orgánico, estático pero a la par dotado de un dulce y ligero movimiento pendular. Árboles que crecen y giran creando un juego único de luces y sombras que nos acompaña a lo largo de todo el recorrido, donde el visitante siente una vinculación especial y mágica con la sala.  Un ambiente que resulta familiar y en el que se respira calma, serenidad y paz como cuando te adentras y te pierdes en la infinidad de la espesura. Oscuridad, tenebrosidad, peligrosidad enfrentada a la luminosidad, la energía y la tranquilidad que brota de un paraje frondoso como el que aquí encontramos.

Con todo, Beatriz Díaz invita a transitar por un espacio invadido por árboles que germinan de los libros y a su vez se nutren de ellos. Sus formas rebelan y señalan la pureza de sus líneas volumétricas. De cada uno de ellos manan, libremente, las ideas, los pensamientos, las sensaciones, las experiencias y las vivencias que fluyen cual salvia. No hay dos árboles iguales, la artista interviene los libros de manera muy aleatoria y dispar, otorgándoles luz propia. Su esencia se configura alrededor de las distintas particularidades que ofrecen las diversas tonalidades que consigue con el papel, la tinta y la tipografía de los libros que recorta y pega insaciablemente hasta insuflarles vida.

El libro, en este caso en concreto, es un material, un elemento, una parte, “no el fin en si mismo”, confiesa la artista asturiana que construye un bosque encantado partiendo de los distintos trocitos de papel que va encolando poco a poco alrededor de una estructura de madera y una tela metálica, alzando así su preciosa fraga. Su trabajo contiene una fuerza inmensa que reside en la quietud que se siente al estar frente a él. Adentrarse en él es como entrar y ser atrapado por un campo de atracción, en el que la sutileza hipnótica de la belleza de sus obras nos arrastra hasta llegar a lo más profundo del bosque. Concretamente son tres pequeños bosques los que el espectador tiene que atravesar. Un camino narrado por una historia que empieza marcada por la primera estancia de la Fraga de Cecebre de El Bosque animado (1943) del escritor gallego Wenceslado Fernández Flórez (1879-1964).

“La fraga es un tapiz de vida apretado contra las arrugas de la tierra; en sus cuevas se hunde, en sus cerros se eleva, en sus llanos se iguala. Es toda vida: una legua, dos leguas de vida entretejida, cardada, sin agujeros, como una manta fuerte y nueva, de tanto espesor como el que puede medirse desde lo hondo de la guarida del raposo hasta la punta del pino más alto. ¡Señor, si no veis más que vida en torno! Donde fijáis vuestra mirada divisáis ramas estremecidas, troncos recios, verdor; donde fijáis vuestro pie dobláis hierbas que después procuran reincorporarse con el apocado esfuerzo doloroso de hombrecillos desriñonados; donde llevéis vuestra presencia habrá un sobresalto más o menos perceptible de seres que huyen entre el follaje, de alimañas que se refugian en el tojal, de insectos que se deslizan entre vuestros zapatos, con la prisa de todas sus patitas entorpecidas por los obstáculos de aquella selva virgen que para ellos representan los musgos, las zarzas, los brezos, los helechos. El corazón de la tierra siente sobre sí este hervor y este abrigo, y se regocija.”

Wenceslado Fernández Flórez,

La Fraga de Cecebre, de El Bosque animado, 1943.

Libro que destaca por su carácter lírico, con un estilo muy particular que deja entrever matices poéticos muy a menudo. La temática tiene algo de leyenda celta, en la que todos los bosques y sus criaturas tenían conciencia propia, pero tal es la maestría con que el autor mezcla las vivencias de las personas con las de árboles y animales, llegando a resultar casi imposible separar los unos de los otros. Por lo tanto, Beatriz Díaz Ceballos da a entender que su obra es como un monte vivo en el que laten las palabras, se conforman historias, pero, sobre todo, donde se sienten y se viven. Un recorrido que abre el Tercer bosque, que aunque de apariencia más lúgubre resulta hermoso. Reproduce un boscaje que literalmente se alza sobre la edición enciclopédica de La Historia Universal, como si la sabiduría que se pueda llegar a alcanzar viviendo y respetando la naturaleza fuese mayor, es decir, estuviese por encima de la misma historia. Se muestra cercana y accesible mientras que la enciclopedia se halla cerrada puesto que el saber, la historia, no siempre es asequible y próxima para todos como lo es la naturaleza. Beatriz Díaz acerca lo inalcanzable y señala que el verdadero sentido de la vida no siempre lo podemos encontrar en un libro pero sí en la naturaleza. Un lugar donde descubrirse uno mismo, y que converge con el Segundo bosque. Divertido y sutil, de él afloran árboles que asoman de libros abiertos, de letras, palabras y frases que copilan sensaciones que se reproducen en los mismos árboles suspendidos en el aire, generando así un movimiento rítmico de lo más sorprendente. Se muestra afín, original y mágico creando una sensación de lo más espiritual. Por último, tras transitar por el sendero que se nos indica se observa El Bosque que se acerca, donde habitan los árboles más grandes y voluminosos que parecen emerger de un sin fin de libros de muy diversa índole como: Servidumbre humana de W. Somerset Maugham, El hombre de Jean Rostand, El conformista de Alberto Moravia, entre otros muchos títulos como La sexualidad femenina o Los viajes de Marco Polo… Pero quizás de entre todos ellos destaca Libres, ciudadanas del mundo de Carmen Alborch, que, cual raíz, sustenta uno de los árboles. Concretamente se entrelaza y brota de uno de los apartados del capítulo Vandana Shiva. Semillas para el futuro, Las mujeres que abrazaban los árboles donde se deja patente que el bosque es nuestra madre y la mujer la fuerza y el poder más fuerte que nos une con la naturaleza. Un detalle casual, según comentaba la artista, pero fundamental porque la relación y la unión de la mujer con la vegetación es, sin lugar a dudas, muy especial como el arbolado que aquí se presenta. Las mujeres son las semillas para el futuro de la humanidad de igual manera que los árboles lo son, así que de algún modo se establece un vínculo sagrado entre ambos que queda patente con El Bosque que se acerca.

 Cada uno de los árboles y los bosques son distintos los uno de los otros pero con un mismo elemento en común, el libro. Instrumento, medio, cómplice o vehículo que permite convertir en realidad perceptible e inteligible el mundo de la inspiración para poetas y artistas, y que Díaz Ceballos convierte en parte del proceso creativo. La artista conjuga irremediablemente el mundo del arte con la literatura, sus obras son libros intervenidos a los que se añaden elementos que atan o dejan libres a las palabras. Esculturas realizadas para ser vistas desde todos sus ángulos y que conforman un trabajo tridimensional totalmente armonioso para proceder de uno totalmente bidimensional como el papel, que no deja indiferente a nadie. Sus obras hablan, narran e invitan a ser partícipes, a descifrar, a aprender a ver y entrar en este laberíntico puzzle en el que cada vez que uno mira aparecen  significados nuevos que nacen de lo que nos une con la naturaleza.

En definitiva, Díaz Ceballos muestra a través de la técnica del collage el conflicto de la creación con materiales como el papel. Se vale del libro como nexo a partir del cual surgen las ideas y las emociones. Trabaja en un proceso continúo que demuestra una evolución en una obra calificada de poética y accesible a todos los públicos, trabajando el tema de la intimidad y la experiencia personal a través de biografías humanas en las que utiliza el árbol como símbolo, manteniendo el uso de palabras.

*Texto para el catálogo de la exposición Volum II Mostra d’Arts Multidisciplinars en el Convent Espai d’Art de Vila-real.en el Convent Espai d’Art de Vila-real.
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