Los no lugares: Carlos Bravo y Agustín Serisuelo

nobodyLOS NO LUGARES: CARLOS BRAVO Y AGUSTÍN SERISUELO

Artículo publicado en la revista de Estética y Arte Contemporáneo CBN nº 4 diciembre 2012 [Depósito legal: CS-275-2008- ] [ISSN: 1887-9719]

Alrededor del espacio creado por el ser humano, se daría lo que Marc Augé denomina los no lugares. Esos ambientes olvidados, vacíos, destruidos, abandonados… provocan en el ser humano cierta sensación de libertad. ¿Por qué?

En el prólogo de su libro Los “no lugares” –Espacios del anonimato- Una antropología de la sobremodernidad, Augé lanza una pregunta: “¿Acaso hoy en los lugares superpoblados no era donde se cruzaban, ignorándose, miles de itinerarios individuales en los que subsistía algo del incierto encanto de los solares, de los terrenos baldíos y de las obras en construcción, de los andenes y de las salas de espera donde los pasos se pierden, el encanto de todos los lugares  de la casualidad y del encuentro en donde se puede experimentar furtivamente la posibilidad sostenida de la aventura, el sentimiento de que no queda más que ‘ver venir’?[1]

Hoy en día, esos lugares, ya sean aeropuertos, estaciones, fábricas, gasolineras, carreteras, etc.,  poseen un inmenso poder de atracción, lo que propicia que un gran número de artistas se dedique a retratar o a trabajar sobre los mismo. Quizá, esa atracción responda a la llamada de documentar y representar la desolación, la paz, el silencio, en definitiva la soledad –propiciada por el propio ser humano, mayoritariamente– que emanan estos espacios. El artista Carlos Bravo confesaba que ante esta situación siente la necesidad de plasmar e inmortalizar de alguna manera esa relación que se establece entre el hombre –su creador– y el entorno, ya sea un paisaje natural o urbano. Paisajes que convierten a los ciudadanos en meros elementos de conjuntos que se forman y deshacen al azar, simbolizando la condición humana actual y más aún del futuro. Nada permanece, todo se transforma. Volvemos a la idea del eterno retorno de Friedich Nietzsche. La vida es fugacidad, nacimiento, duración y muerte, no hay en ella nada perdurable (recordemos las críticas del pensador alemán a toda filosofía que postula la existencia de entidades permanentes). Pero podemos recuperar la noción de permanencia si hacemos que el propio instante dure eternamente, por ejemplo mediante una fotografía, una de las técnicas más empleadas y encargadas de plasmar el arte que producen los no lugares.

En estas obras admiramos al mismo tiempo, con temor y atracción, la fuerza extraordinaria del paisaje –naturaleza y ciudad–, siempre y cuando nuestra existencia como espectadores no corra ningún riesgo. Al decir esto me estoy refiriendo a la tensión existente entre el espacio –natural y urbano– versus el ser humano. La relación que se establece no debe extrañarnos ya que uno no puede concebirse sin el otro, puesto que coexistimos y nos formamos simultáneamente, es decir, nos complementamos. El espacio necesita de los seres vivos y viceversa.

El concepto de los no lugares también podríamos relacionarlo con el de la superación del tiempo. Este es, sin duda, un tema moderno que ofrece la oportunidad a los artistas de introducir la ruptura del presente, ya que la experiencia estética hace que se desvanezca el tiempo mientras se esboza o plasma lo eterno en una instantánea. Artistas como el fotógrafo Bernard Plossu –y su capacidad de convertir lo cotidiano en extraordinario–, Scott Conarroe o Bryan Schutmaat, trabajan sobre el espacio bajo una perspectiva diferente de lo conocemos por espacio habitable. Al mismo tiempo, el norteamericano Stephen Shore con sus Lugares Comunes trabaja sobre espacios transitados y comunes a nuestra sociedad –gasolineras, cafeterías, habitaciones de moteles…–, mientras que Richard Misrach se dedica especialmente a dejar constancia de la intervención de la mano humana en la naturaleza. Otro colectivo muy influyente en este sentido es el que conforman los fotógrafos del New Topographic al que pertenecen Robert Adams y Henry Wessel Jr., entre otros. Ambos artistas plasman  lugares desiertos con un atisbo de lo que podría ser una señal de vida, de la misma forma que Todd Hido, quien trabaja sobre los entornos suburbanos de los Estados Unidos.

En la mayoría de las obras de los artistas citados podemos observar cómo cada uno consigue que el tiempo nos capte, atrape al espectador paralizándolo durante unos instantes; transportando al público a un lugar lejos del presente en el que vivimos. Se rescata la historia de esos rincones y a su esencia misma como la principal protagonista, la liberan del pasado, presente y futuro, transformándola en movimiento, en devenir, en el punto de partida para una nueva interpretación. De nuevo, regresamos a la idea de movimiento. Ahora el artista y el entorno pueden trazar su propio camino dejando las puertas abiertas a cualquier interpretación, buscando un contacto más inmediato e íntimo con el espectador.

El artista Carlos Bravo comenta al respecto: “cuando realizo mis proyectos intento que exista una interrelación entre el autor, la obra y el espectador. Me gusta dejar algún pequeño cabo suelto o enigma para que se establezca un diálogo entre todas las partes, y que cada uno llegue a construir su propia interpretación”.

Pero la característica más común entre estos artistas, independientemente de su nacionalidad y lugar de trabajo, es que casi todos los espacios que fotografían suelen ser lugares de transición, que tienen por naturaleza una gran relación con el ser humano y con las actividades  diarias que éste realiza. Bravo apunta que, “en el momento en el que me enfrento a ellos –me refiero a los espacios–, la figura humana desaparece, se torna ausente, otorgándole simultáneamente un carácter enigmático a ese lugar. Hay pocos lugares que produzcan esa sensación de soledad como la del espacio que ha sido habitado por el ser humano y donde la huella es todavía evidente”.

Según Jesús Carrillo[2], el discurso de Augé de considerar lo social como un territorio de relaciones espaciales vincula de forma innegable la arquitectura y la ciudad, cuyo objetivo se rehunde con el de la antropología y que, de alguna manera, ha perturbado la narración más empobrecida de la práctica artística. En consecuencia, el arquitecto y por consiguiente el teórico de la ciudad, ha tenido que asumir diferentes métodos de análisis –ajenos a la disciplina– como son, por ejemplo, los de la antropología o la crítica cultural. ¿Por qué? A causa del incremento demográfico y la importancia económica y cultural de la ciudades megalópolis en desarrollo –las nuevas potencias– como China, Brasil, India o México y su influencia”[3].

La teoría que Augé desentraña sobre la sobremodernidnad en el libro citado anteriormente, se ha ido extendiendo paralelamente en todas direcciones, rompiendo fronteras culturales e intelectuales e irrumpiendo en toda clase de disciplinas, de modo que se podría decir que se establece como punto de partida para cualquier tipo análisis dentro de nuestra sociedad contemporánea. En este caso en concreto de la noción de espacio público y global, que se ha ido extendido y generalizando hasta el extremo, como podemos observar en este ejemplo que apunta Marc Augé tras visionar un anuncio de la marca Renault: “un día, la necesidad de espacio se hace sentir… Nos asalta de repente. Después, ya no nos abandona. El irresistible deseo de tener un espacio propio. Un espacio móvil que nos llevará lejos. Nada haría falta; todo estaría a mano… En una palabra, como en el avión. El espacio ya está en usted… Nunca se ha estado tan bien sobre la Tierra como en el Espacio, concluía graciosamente el anuncio publicitario”[4]. ¿Qué pretendo demostrar? Nada más y  nada menos que la sublimidad todavía existe en nuestro hábitat. En la actualidad, se podría decir que se extrapola la idea de los paisajes románticos típicos de finales del siglo XVIII  o principios del XIX como por ejemplo Abadía en el encinar de C. D. Friedrich (1810), aquellos que provocaban sensaciones de inmensidad y de belleza sobrecogedora en el ser humano –el hombre frente a la inmensidad de las fuerzas de la naturaleza–, por la de paisajes urbanos –esos territorios y zonas superpobladas totalmente masificadas– donde se originan pequeños atisbos de paz y de silencio que provocan en nosotros el mismo efecto (lo único que cambia es que ahora nos sentimos abrumados e impresionados por los espacios vacíos). Es decir, es en esos no lugares donde reside la esencia de lo sublime en una sociedad sobreexpuesta a la información, al ruido, a la tecnología, a la inmediatez… El silencio y la soledad es lo que en un futuro se puede llegar a valorar más.

“Los ojos tienen campo para espaciarse en la inmensidad de las vistas, y para perderse en la variedad de objetos que se presentan por sí mismos a sus observaciones. Tan extensas e ilimitadas vistas son tan agradables a la imaginación como lo son al entendimiento las especulaciones de la eternidad y del infinito”, decía Joseph Addison en Los placeres de la imaginación (1711)[5] respecto a la idea de lo sublime del escritor griego Longino. Mientras que el filósofo alemán  Immanuel Kant  lo definió como lo que es absolutamente grande, que sobrepasa al espectador causándole una sensación de displacer. Aunque Kant apunta que este fenómeno únicamente puede darse en la naturaleza porque su contemplación sobrepasa nuestras capacidades, opino que también hoy puede originarse perfectamente en el entorno urbano.

Aunque no exista una base teórica claramente estética en este concepto antropológico de los no lugares, el arte emplea esta mirada humana para identificar espacios, agentes, objetos y, sobre todo, para estudiar las relaciones específicas que se forman entre ellos. Muchos comisarios y artistas se vieron inmediatamente fascinados y atraídos por el acceso  de estas nuevas lógicas, de su análisis antropológico, por la nitidez de sus principios evidentes, y por su objeto central de estudio: las dislocaciones espaciotemporales de la sociedad global.

En España, concretamente el impacto de las palabras de Augé lo podemos encontrar reflejado en la teoría y la práctica artística de los proyectos editoriales y artísticos del artista y comisario Martí Peran como en su proyecto Post-it city[6]. Ciudades ocasionales (2008-2009) y que este año se llevo a cabo también en el Centro Centro  -Palacio de Cibeles Madrid- (21 septiembre 2011 – 19 febrero 2012). Pero si nos centramos exclusivamente en el panorama artístico de la provincia de Castellón nos encontraremos con artistas como el escultor Agustín Serisuelo y el fotógrafo Carlos Bravo.

Una de las primeras series de Carlos titulada Periferia analiza de manera casi documental el extrarradio de la metrópolis contemporánea, donde el discurso se  apoya sobre lo que entendemos por frontera, que en la mayoría de los casos resulta un concepto ambiguo para los propios ciudadanos. Bravo reflexiona sobre la ciudad y la relación que nos une a ella a través de nuestras huellas, ruinas, desperdicios, construcciones, derrumbes, etc.–. Lo que indudablemente lleva a pensar acerca de lo que hacemos y, sobre todo, de cómo lo hacemos. El artista le confiere a la urbe una mirada incisiva y directa, con la intención de captar la atención de una zona de gran vitalidad dentro de la ciudad donde se desarrolla una parte muy importante.
Es curioso como la propia periferia podría considerarse en sí misma un no lugar. Si en casi todos los núcleos urbanos se observan una serie de rasgos y características que los dotan de personalidad propia, reconocible y marcada,  es en la periferia donde todas pierden esas señas de identidad para asemejarse unas a otras –como espacios vacíos–.

En realidad, estas imágenes también hablan de nosotros. Por lo tanto, este un buen lugar para comprendernos a nosotros mismos. Siguiendo con esta línea de investigación, observamos la otra de las series de Bravo, Paisaje prestado, donde incide en la idea de que los seres humanos estamos de paso. Si el origen del ser humano sobre la tierra tuvo lugar aproximadamente hace 2,5 millones de años y la edad de nuestro planeta es de unos 4500 millones de años –atendiendo a las diferencias existentes en estas cifras–, es fácil entender que la relación entre el ser humano y la Tierra es totalmente circunstancial. Este es el motivo, comenta Bravo, “que me hace entender que el suelo que pisamos y que habitamos, en realidad es un terreno prestado del que nos hemos apropiado –lo hemos tomado como nuestro– y lo alteramos a nuestro libre albedrío dejando en ocasiones notables cicatrices sobre el”. A lo largo de esta serie, observamos un sinfín de imágenes en las que aparecen parajes desiertos o en construcción, siempre vacíos –no aparece ninguna persona pero si constancia de su paso por el terreno– y en silencio.

Asimismo, uno de sus últimos trabajos de Bravo titulado NOBODY, retrata lugares comunes hechos por y para el hombre. Espacios de transición en los que la presencia de la figura humana está marcada por su ausencia, pero de nuevo, su huella es evidente. Áreas que cambian radicalmente a lo largo del día y que en el momento de ser retratadas, plasmadas en papel parece que estén desprendidas de su finalidad. Se muestran ante nosotros como espacios adormecidos, despojados de su principal funcionalidad –para lo que han sido diseñados y concebidos–. Como se puede comprobar, en el trabajo de Carlos Bravo priman los silencios, el espectador –que desde el primer momento tomará un rol activo a lo largo de todo el proceso– se detendrá a observar lo que el artista pretende transmitir bajo el desafío constante de suspender el tiempo. Una vez más, se desata la contraposición entre ausencia y presencia permitiendo así el juego paradójico entre ambos –la presencia por la ausencia y viceversa–, se adivinan las huellas humanas, efímeras ante la inmensidad del espacio y los vestigios  que dejan tras de sí con el paso del tiempo. A diferencia de sus anteriores trabajos, en este predomina la confrontación entre luz y oscuridad, que forzosamente se refleja en su discurso narrativo -que nos recuerda a los claroscuros de la pintura tenebrista del siglo XVII, así como también al cine más clásico. Dicho todo esto, entendemos por no lugares -artísticamente hablando-, los espacios propiamente contemporáneos de confluencia anónima, donde los sujetos se evaporan al estar continuamente en tránsito, no se les ve pero se les intuye. Nos sumergimos en estos no lugares bajo un halo de misterio, que en esta serie particularmente, le proporciona la oscuridad. De nuevo, Bravo recurre a la dualidad luz/transito versus oscuridad/quietud. El mismo lugar se abre a debate sobre lo diferente que puede llegar a concebirse dependiendo de diversos factores externos.

luminoso

Carlos Bravo, NOBODY, 2010

Tras la primera toma de contacto con la obra de Carlos Bravo, el espectador puede obtener únicamente el conocimiento de su punto de partida, pero no posee mayor información que la documentada durante su proceso de realización, puesto que la fotografía se mantiene viva y en movimiento, al tratarse de espacios habitables por personas –aunque sea momentáneamente– y transcurridos por el hombre. Nadie sabe que será lo siguiente. La obra de Bravo es una obra que, a diferencia de los monumentos, no expresa precisamente permanencia o, por lo menos, duración, sino más bien la sensación de lugares desangelados y abandonados; sensación que consigue al retratar estos espacios vacíos en la más absoluta oscuridad a excepción de la tétrica y fría luz –artificial, por supuesto– procedente de los focos halógenos que iluminan nuestro alrededor. Por el contrario, habría que hablar de la dimensión materialmente temporal de estos espacios. Itinerarios que se miden en horas o en jornadas en marcha, como la imagen que percibimos –abotargada– de una estación de tren, de un parque, de una gasolinera, etc.. Se establece una rotación de lugares y de días consagrados al crecimiento y desarrollo del objeto pertinente, que a su vez puede engendrar en los visitantes fantasías e ilusiones al encontrarse con lugares desocupados, a la par que sombríos y atractivos. Por consiguiente, el trabajo de Bravo se apoya perfectamente en el termino designado por Augé de no lugar, ya que para éste una autopista o un aeropuerto carecen de la configuración de los espacios, son algo circunstancial, casi exclusivamente definido por el pasar de individuos. El visitante, por tanto, mantiene con estos no lugares una relación de anonimato. No personaliza ni aporta identidad porque no es fácil interiorizar sus aspectos o componentes. Y en ellos la relación o comunicación es más artificial, como bien muestra el artista en su trabajo.

Por otro lado, Agustín Serisuelo se caracteriza por ser un artista que explora las confluencias e interferencias entre la escultura, la fotografía y la arquitectura, que a su vez coinciden en la reflexión sobre el espacio y la posibilidad de generar nuevas realidades a través del concepto de construcción. Aunque como creador busca en la arquitectura espacios internos más allá de la mera geometría construida. Para ello, realiza previamente dibujos y anotaciones sobre su libreta, que a la manera poussiana implica que concibe el dibujo como la imagen interior del proyecto.

Como podemos observar en In Memoriam, su obra es un proceso en sí mismo, una investigación, que a su vez genera una especie de narración gráfica y textual –a través de sus imágenes–, ya que explica tanto el transcurso de la obra como su contexto interno. Serisuelo, en sus recorridos por la provincia de Castellón, pretende descubrir espacios sin nombre, lugares ocultos y dejados. Una vez más nos enfrentamos a los no lugares. No podemos afirmar que realiza intervenciones en edificios directamente, como hiciera Gordon Matta-Clark, pero si que gracias a las fotografías que hace, deconstruye el espacio, lo desplaza, lo secciona para luego reconstruirlo, lo que le permite materializar ideas sobre el espacio que intuye como una dialéctica personal, es decir, escoge y designa espacios del mismo modo que crea complejidad. Agustín Serisuelo fija en esta serie lugares no transitados y deshabitados, donde coexisten pasado y presente, destrucción y construcción. Para ello, realiza primero fotografías que son tomadas desde un mismo punto de vista como una sucesión de fotogramas; y después, a través del ensamblaje de éstas, reconstruye las zonas abandonadas a partir de los fragmentos fotográficos. Se podría decir que la arquitectura funcionaría como un marco y la escultura es el resultado del vaciado. Descubre, así, dualidades o contrastes que refleja perfectamente en sus montajes fotográficos (vertical/horizontal, interior/exterior, vacío/lleno) resumiendo en términos de experiencia estética años de investigación y de planteamientos filosóficos sobre el espacio.

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Agustín Serisuelo Nave 1 papelera Soneja, fotografía digital en vinilo sobre aluminio 150 x 50 cm, 2011.

En sus fotografías la luz irrumpe transformando un inmueble abandonado en un templo. Esa luz nos invita a entrar, nos acoge y nos arropa con el calor de un hogar, puesto que toda casa vivida no es una caja inerte; al espacio habitado siempre transciende el espacio geométrico. Se obliga a re-pensar la habitabilidad del espacio contemporáneo transgrediéndolo como un intruso, forzando la mirada más allá de la mera funcionalidad, abriendo nuevas perspectivas y llamando la atención sobre rincones olvidados que escapan a la lógica capitalista bajo la que vivimos. De algún modo, establece una relación emocional con el entorno que le circunda, nos acerca una realidad desconocida prácticamente borrada de nuestra memoria; acentúa, así, nuestra capacidad de intervenir sobre ella.

El espacio, pues, actúa como un dispositivo de memoria que revela capas de información –historias de construcción, de habitar…–, extrae de cada habitante sus pensamientos inconscientes y les da cuerpo. Hay que abrir la casa para que pueda recordar, hay que moverla para poner de nuevo en libertad los recuerdos. Eso mismo hace Serisuelo reconstruyendo la imagen; crea vacíos que originan movimiento y abre ventanas y puertas para que deambule la memoria. Dicho de otro modo, transforma el espacio interpretándolo, asimilándolo y ofreciendo nuevas perspectivas del mismo. In memorian rinde tributo a todos esos espacios marginados por nuestra sociedad, ya que con cada edificio que desaparece o se transforma se desvanece una forma ritual de vida, se silencian saberes y se apaga la luz de los lugares en los que habitaba la memoria y transitaba la huella del tiempo.

En definitiva, ambos artistas trabajan sobre el espacio, concretamente sobre los no lugares, pero como se puede comprobar cada uno lo aborda de una manera diferente, aunque, evidentemente, bajo la misma premisa. En la mayoría de sus obras se observan cómo consiguen que el tiempo capte al espectador, atrapándolo durante unos instantes, transportándolo a un lugar lejos del presente en el que vivimos. Se rescata, así, la percepción del espacio y  su condición, que se libera del pasado, presente y futuro, transmutándola en movimiento, en devenir, otorgándole, de este modo, un nuevo significado.


[1] Marc Augé, Los ‘no lugares’ –Espacios del anonimato- Una antropología de la sobremodernidad (1992), Barcelona, Gedisa, 2005, p.10-11.

[2] Jesús Carrillo, Los no lugares de Marc Augé, artículo publicado en prensa el  30/04/2010, Revista El Cultural.

http://www.elcultural.es//version_papel/ARTE/27111/Los_no_lugares_de_Marc_Auge

[3] Ídem.

[4] Marc Augé, Los ‘no lugares’ –Espacios del anonimato- Una antropología de la sobremodernidad (1992), Barcelona, Gedisa, 2005, p.12.

[5] Bozal, Valeriano (1989). Goya. Entre Neoclasicismo y Romanticismo. Historia 16, Madrid. (1989), p. 56.

[6] Jesús Carrillo, Los no lugares de Marc Augé, artículo publicado en prensa el  30/04/2010, Revista El Cultural.

http://www.elcultural.es//version_papel/ARTE/27111/Los_no_lugares_de_Marc_Auge

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